No todos los reconocimientos permiten mirar un oficio de cerca. El que recibió Zenen Núñez como Mesera del Año por la Guía México Gastronómico 2026 sirve, sobre todo, para poner atención en una manera de trabajar.
No en el gesto vistoso del servicio, sino en lo que lo vuelve consistente: el orden, la lectura de la mesa, la precisión al hablar, la capacidad de contener el ritmo del salón sin perder control. En Ehden, el restaurante libanés más antiguo de México, ese trabajo ha sido parte de la estructura.
Zenen llegó hace 35 años sin experiencia en atención al cliente ni conocimientos de gastronomía. Hoy es responsable del servicio en sala y de la repostería del establecimiento, una doble función que exige dominio técnico, memoria operativa y una relación minuciosa con el detalle.
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LA MEJOR MESERA DEL AÑO.
Su trayectoria permite entender que, en un restaurante que ha atravesado décadas y generaciones, la permanencia no solo se juega en la cocina, sino en la disciplina con la que se sostiene cada mesa.
El restaurante donde Zenen Núñez ha desarrollado su carrera también ha atravesado sus propias transformaciones. Ehden comenzó con Adela Duayje, quien cocinaba para una casa hogar de inmigrantes libaneses. El primer local abrió en la calle Correo Mayor y después se trasladó a Venustiano Carranza 148, donde ha operado durante más de tres décadas.
Hoy el negocio está bajo el mando de la cuarta generación, encabezada por Luis Manuel Ruiz Harfuch. En esa continuidad familiar, el restaurante ha crecido sin romper del todo con su propia lógica. La expansión reciente hacia la colonia Roma buscó acercar el menú a un público joven, pero evitó el formato de franquicia para no comprometer el rigor operativo.
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Zenen con Luis Manuel Ruiz Harfuch
El cheque promedio se mantiene en 350 pesos, los ingredientes se compran diariamente en La Merced y la oferta suma una selección de vinos libaneses.
La jornada de Zenen Núñez comienza a las 10 de la mañana, aunque para ella el servicio empieza desde antes. Para que el turno fluya, el montaje de las mesas debe quedar resuelto desde la noche anterior. La alineación de cubiertos y saleros no es un gesto ornamental, sino parte de una mecánica que busca reducir fallas desde el inicio.
Ya en piso, ejecuta un protocolo de cinco acciones. La primera es dar la bienvenida de inmediato. La segunda, entregar el menú. La tercera, dar tiempo de lectura sin interrumpir. La cuarta, tomar la orden manteniendo contacto visual sostenido. La quinta, cuando se trata de visitantes de primera vez, consiste en ofrecer una introducción a la gastronomía de Medio Oriente y sugerir que comiencen con el plato libanés. Parece sencillo, pero incluso en esa sencillez radica la maestría.
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Plato libanés
Más que una secuencia rígida, el protocolo funciona como una estructura de control. Ordena la mesa, delimita los tiempos y evita que el servicio quede a merced de la improvisación.
Trabajar en el Centro Histórico implica atender a comensales que muchas veces llegan atravesados por el tráfico, el cansancio o la prisa. Ese estado de ánimo impacta directamente en la mesa. Frente a clientes alterados, Núñez aplica una táctica precisa: no desviar la mirada mientras registra la orden.
Ese gesto le permite transmitir seguridad y, al mismo tiempo, ganar tiempo para la cocina. En ese margen, puede orientar la decisión del cliente hacia entradas de salida rápida, como el kepe crudo. No se trata solo de atender; se trata de intervenir la experiencia antes de que el malestar escale.
La capacidad de recomendar en sala depende del conocimiento real del producto. En el caso de Zenen, esa autoridad también se construyó desde la cocina. Cuando la administración requirió apoyo en la producción de postres, ella asumió la tarea por invitación de la familia fundadora.
Para hacerlo, buscó instrucción externa y aprendió una técnica central de la repostería libanesa: aplicar miel fría sobre los postres recién horneados para evitar que la pasta filo pierda firmeza. Hoy dirige la elaboración del pastel de dátil y los dedos de novia.
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Zenen con el carrito de postres.
El crecimiento de Ehden contempla una próxima sucursal en la zona de Santa Catarina. Como parte de esa apertura, Zenen se trasladará temporalmente con un objetivo puntual: formar a la nueva plantilla.
Su sistema de entrenamiento descarta la teoría como punto de partida. Los aprendices deben observar sus procesos y replicarlos de inmediato en piso. La instrucción es frontal: hacerlo por sí mismos, porque solo la práctica consolida el aprendizaje. En esa lógica, el servicio no se memoriza; se incorpora en la ejecución.
Ese mismo rigor es el que busca trasladar a las nuevas generaciones, incluso en un contexto donde, según su experiencia, la falta de educación del consumidor también pesa sobre el trabajo en sala. Ahí quedan registrados casos de cuentas de 1,300 pesos con apenas cinco pesos de propina.
El premio a Zenen Núñez no solo reconoce una trayectoria individual. También hace visible un oficio que suele quedar fuera de foco, pese a ser decisivo en la operación diaria de un restaurante. En Ehden, su método ha demostrado que el servicio no depende únicamente del carisma ni de la disposición personal, sino de una técnica afinada a lo largo de décadas.
