Llevamos ya dos semanas del escalamiento del conflicto en Irán. No sabemos qué tanto más se puede extender, pero ya nos queda claro que no pudo ser tan rápido como la extracción del expresidente Maduro en Venezuela y la negociación con la actual presidenta interina Rodríguez. Como comenté en este mismo espacio la semana pasada, la duración del conflicto es una de las variables que determinarán qué puede ocurrir en la esfera económica. En este sentido, una pregunta relevante en este tipo de choques es qué tan preparado se encuentra nuestro país para enfrentar los desafíos que se pueden presentar. En mi opinión, México se encuentra en buena posición, desde tres ángulos: (1) Geopolítico; (2) estructura macrofinanciera; y (3) con cierta capacidad de suavizar los choques más relevantes.
(1) Geopolítico. No hay que olvidar que hay aspectos muy relevantes como la lejanía geográfica del conflicto. La Ciudad de México, por ejemplo, se encuentra a más de 13,100 kilómetros de Teherán, la capital de Irán. El alcance máximo de los misiles de la Guardia Revolucionaria Islámica es de 2,500 kilómetros, de acuerdo a la agencia de noticias . Adicionalmente, independientemente de la religión predominante, la sociedad mexicana no se caracteriza por tener un porcentaje ni siquiera bajo que practique fundamentalismos de esta índole. Asimismo, nuestro país no solo se encuentra cerca geográficamente del país con el ejército y el poder armamentista más avanzado del mundo, sino que tiene una relación simbiótica con él, con los Estados Unidos. Por su parte, a pesar de que históricamente no se han tomado buenas decisiones en materia de explotación petrolera, México todavía produce cierta cantidad de petróleo, que justo es uno de los bienes que más podrían escasear en este conflicto. Insisto, estos aspectos se llegan a ver como obvios, pero ya quisiera un país como Líbano, por ejemplo, contar con tan solo alguno de estos aspectos. Los participantes de los mercados financieros internacionales toman esto muy en cuenta en sus decisiones de inversión. Asimismo, utilizando la última base de datos de PIB nominal en dólares del Fondo Monetario Internacional, México se encuentra entre los quince países más grandes del mundo y no hay ningún país del Medio Oriente en esta lista. Arabia Saudita apenas llega a los top-20.
(2) Estructura macrofinanciera. Más que comentar sobre las fuentes de crecimiento, este ángulo trata más sobre repasar las fortalezas de la estructura macroeconómica de México: (a) Régimen de tipo de cambio flexible, que ayuda que este precio, que es el más importante de una economía, se ajuste ante un choque, en lugar de que sean los ciudadanos quienes lo absorban con alto desempleo y recesión, como era antes de 1994; (b) alto nivel de reservas internacionales, con poco más de 250 mil millones de dólares mas la línea de crédito flexible del FMI, con lo que se tienen cubiertas las diferentes métricas de “salud externa” del país (e.g. cobertura de meses de importaciones, porcentaje de deuda externa, porcentaje de deuda interna en manos de extranjeros); (c) banco central autónomo constitucionalmente; (d) sistema financiero bien capitalizado, que desde 2013 cumple con los requerimientos de capitalización y liquidez de Basilea III y que actualmente enfrenta una cartera vencida baja y manejable; (e) déficit comercial autoajustable, en el que debido a la estructura comercial del país, cuando hay una caída en las exportaciones manufactureras (las más importantes), también se observa una caída de las importaciones, sobre todo de bienes intermedios; y (f) prudencia fiscal, en la que se logró reducir el déficit de 2024 a 2025 en un punto porcentual del PIB, a pesar de haber crecido poco y haber brindado un apoyo substancial a Pemex. El porcentaje de deuda externa del gobierno se encuentra en menos de 20 por ciento del total, en donde el plazo promedio para renegociar la deuda es de más de nueve años.
(3) Con cierta capacidad de suavizar los choques más relevantes. Como mencioné en este espacio la semana pasada, un incremento significativo de los precios del petróleo en el siglo XX era una sentencia de recesión. Sin embargo, ese no ha sido el caso en este siglo (“¿Irán a resolverse los conflictos pronto?”, 10 de marzo). No obstante lo anterior, sí se han observado choques inflacionarios. No podemos comparar el pico de precios del petróleo de 2022 por el fuerte choque de demanda que el mundo estaba experimentando en ese momento ante la salida de la pandemia de Covid, que agregó presiones inflacionarias adicionales a las del choque petrolero y de fertilizantes. Sin embargo, los choques que en esta ocasión pudiéramos observar son choques de precios en tarifas aéreas, gas LP y natural, así como en fertilizantes, que eventualmente podrían reflejarse tanto en mayores precios de alimentos y de restaurantes. Afortunadamente, en mi opinión, el segundo precio más importante de una economía es el precio de la gasolina, en el que el gobierno tiene un mecanismo para suavizar picos en los precios de este combustible mediante el cobro parcial o no cobro del impuesto especial a gasolinas (IEPS). Adicionalmente, al menos por un tiempo, esto no se traduce en un mayor déficit fiscal, debido a que parte de los ingresos petroleros adicionales que recibe el gobierno cuando los precios observados exceden los que se presupuestaron, los puede asignar a cubrir este subsidio. Cabe señalar que el gobierno cuenta con los fondos de estabilización, cuyo saldo excedía los 50 mil millones de pesos, a finales del año pasado.
Así, considero que, aunque ningún país esté realmente preparado para las consecuencias de un conflicto armado de esta índole, nuestro país observa ciertas características que lo hacen estar en un lugar privilegiado relativamente.

