En la vitivinicultura, el tiempo no se mide solo en años, sino en generaciones. Desde 1901, la familia Arizu sostiene un mismo oficio en Mendoza, atravesando cambios tecnológicos, crisis de consumo y transformaciones culturales que redefinieron el lugar del vino en la Argentina. Luigi Bosca es el resultado de esa continuidad: una marca que creció sin despegarse de su origen hace 125 años.
El punto de partida está en un pequeño pueblo del norte de España. Unzué, cerca de Pamplona, en el País Vasco, tenía apenas 200 o 300 habitantes cuando el bisabuelo de Alberto Arizu partió a la Argentina, entre 1880 y 1890, en la primera gran oleada migratoria europea. Europa atravesaba un momento difícil y la Argentina aparecía como la tierra de las oportunidades. Vino acompañado por su padre, pero una vez instalado, el joven inmigrante quedó solo: su padre regresó a España y lo dejó al cuidado de unos primos hermanos que ya estaban en Mendoza.
Como tantos otros inmigrantes, hizo en estas tierras lo que su familia había hecho durante generaciones en Europa. Los Arizu producían vino desde hacía al menos cuatro generaciones y el conocimiento del oficio viajaba con ellos. No era un saber académico: era un saber práctico, transmitido de padres a hijos, imposible de perder. Por eso la elección del destino no fue casual. El oeste argentino ofrecía condiciones para el cultivo de la vid y Mendoza ya empezaba a consolidarse como una región vitivinícola.
La fecha fundacional de la bodega es 1901, cuando el bisabuelo compra su primer viñedo en Luján de Cuyo y elabora sus primeros vinos. Desde entonces, la familia Arizu quedó profundamente ligada a ese territorio. “Somos orgullosos lujaninos”, resume Alberto Arizu, presidente ejecutivo de Luigi Bosca. Allí se asentaron la bodega y los principales viñedos, y desde allí comenzaron a expandirse hacia otras zonas de Mendoza.
Las variedades que trajeron los inmigrantes reflejaban el mapa vitivinícola europeo: uvas francesas, italianas y españolas. Con el tiempo, en la Argentina prosperaron especialmente las francesas, como Malbec, Cabernet Sauvignon y Cabernet Franc. Las italianas, como Bonarda o Sangiovese, tuvieron menor desarrollo, y las españolas —entre ellas el Tempranillo— fueron importantes durante muchos años, aunque hoy ocupan un lugar más marginal.
A esa historia familiar se suma otra, clave para el nacimiento de la marca. Luigi Bosca pertenecía a una familia italiana del Piamonte que producía vinos desde el año 1700. A diferencia del bisabuelo Arizu, Bosca no llegó a la Argentina a cultivar la tierra, sino a importar los vinos que su familia elaboraba en Italia y venderlos a las comunidades de inmigrantes que buscaban los sabores de su lugar de origen. El estallido de la Primera Guerra Mundial cambió todo: los barcos dejaron de transportar mercadería y pasaron a movilizar armas y soldados. Sin posibilidad de seguir importando, Bosca conoció a Leoncio Arizu y comenzó a comprarle vinos para sostener su negocio.
De ese encuentro nació una amistad que perdura hasta hoy y la fusión de dos apellidos que marcarían la historia del vino argentino. Durante años, Bosca fue una marca más dentro de la bodega, hasta que se convirtió en la que atravesó todo el siglo. En un país acostumbrado a consumir grandes volúmenes de vino de mesa, Luigi Bosca fue casi una marca de culto, nacida en una bodega pequeña, casi artesanal, cuando el vino era parte de la dieta cotidiana y se lo consideraba un alimento.
El nombre también tiene su historia. Luigi fue el fundador de la dinastía Bosca en Italia, pero fue en la década del 60 cuando el padre de Alberto Arizu decidió personalizar la marca y agregarle el nombre propio: Luigi Bosca. Un nombre más humano, más cercano, que terminaría convirtiéndose en sinónimo de vino argentino de calidad.
La vitivinicultura argentina atravesó su primera gran crisis en los años 80, cuando el consumo interno cayó abruptamente. De niveles cercanos a los 90 litros per cápita por año a fines de los 70, se pasó a alrededor de 40 litros. Cambiaron los hábitos, el vino dejó de ser una bebida cotidiana y pasó a consumirse en ocasiones especiales. Ese quiebre obligó a repensar el negocio: la Argentina ya no alcanzaba como mercado.
El gran punto de inflexión llegó con la apertura al mundo. A mediados de los 90, el país exportaba apenas US$25 millones en vino y el sector era marginal dentro de la balanza comercial. Entre 1995 y 2010, las exportaciones crecieron hasta alcanzar los US$1000 millones anuales. La transformación fue vertiginosa y la Argentina logró insertarse en el mapa vitivinícola global como ningún otro país en ese período.
Alberto Arizu vivió ese proceso en primera persona. Formado en Economía y Administración de Empresas en la Universidad Nacional de Cuyo, completó estudios en California a comienzos de los 90, cuando el esplendor del vino californiano empezaba a consolidarse tras el histórico Juicio de París de 1976. Aquel episodio, en el que vinos de Napa Valley superaron a las etiquetas francesas en una cata a ciegas, marcó un antes y un después. “Ese día la calidad del vino perdió el pasaporte”, dice Arizu. Desde entonces, la excelencia dejó de pertenecer exclusivamente al Viejo Mundo.
Convencido de que el futuro estaba afuera, impulsó la internacionalización de la bodega y fue uno de los ocho fundadores de Wines of Argentina, creada en 1993 para promocionar al país como productor de vinos de calidad. La idea era clara: antes de posicionar marcas individuales, había que instalar a la Argentina en el mundo del vino. Hoy la organización reúne a más de 250 bodegas y se convirtió en una herramienta central para el sector.
En ese camino, el Malbec apareció como la gran oportunidad. Aunque no era la variedad más cultivada, ofrecía algo único. De origen francés, había encontrado en la Argentina —con altura, sol y clima seco— su lugar ideal. Elegante, frutado, de taninos amables, permitió construir una identidad clara. La campaña “Argentina Malbec” fue contundente y eficaz. Con el tiempo, el desafío se amplió: el mercado mundial viró hacia los vinos blancos y la industria argentina debió adaptarse, explorando variedades como Chardonnay y reafirmando el valor de ciertos terroirs.
Hoy Luigi Bosca exporta alrededor del 40% de su producción a 55 países. Estados Unidos y Brasil son los principales mercados, seguidos por Inglaterra, Europa del Norte y, en menor medida, Asia. La experiencia dejó aprendizajes: llegar primero a un mercado no garantiza el éxito sin consistencia y presencia sostenida.
La mirada de largo plazo aparece como el verdadero hilo conductor de estos 125 años. En una actividad donde pueden pasar hasta ocho años desde que se planta una vid hasta que se obtiene un vino de calidad, y donde los inventarios inmovilizan capital durante casi un año, la estabilidad es clave. En la Argentina, la inflación y la inestabilidad cambiaria son desafíos permanentes, pero también forjan resiliencia.
En los últimos años, la bodega sumó una nueva dimensión: el turismo vitivinícola. Inspirado en lo visto en California, Arizu impulsó la apertura de la histórica casa familiar en Maipú. En 2022 inauguró Finca El Paraíso, un pequeño château de 1905 rodeado de viñedos y olivos centenarios, convertido en un espacio de experiencias sensoriales donde el vino se cruza con la gastronomía, el arte y la historia.
“Hacer vino era un oficio, como ser artesano o artista”, reflexiona Arizu. Ver cómo ese oficio se transformó en una marca con reconocimiento internacional es, a la vez, motivo de orgullo y de asombro. A 125 años de su fundación, Luigi Bosca sigue siendo el resultado de una misma convicción: pensar siempre más allá del horizonte inmediato y sostener, generación tras generación, una identidad construida con tiempo, trabajo y vino.


