La primera vez que los vecinos de Villa del Parque vieron a Laica, era apenas un ovillo de pelos que asomaba desde una caja de cartón. Tenía solo 45 días y acababa de llegar a la vereda de la estación del tren San Martín junto a una pareja en situación de calle. Durante los siguientes tres años, esa vereda fue su único universo, un mundo hostil donde el hambre, el frío y el descuido eran moneda corriente.
Sin embargo, a pocos metros de allí, en la esquina de Cuenca y Pedro Lozano, se estaba gestando una red invisible. Alejandro y su pareja Lorena, dueños del puesto de diarios y revistas del barrio, observaban con angustia cómo Laica crecía en condiciones precarias. “Estábamos pendientes de ella porque veíamos que no la cuidaban bien”, relatan. “A veces, la pareja vendía hasta el alimento balanceado que los vecinos le donaban para comprar alcohol o drogas. En los peores días, ni agua se acordaban de darle”.
Tenía familia pero una noche apareció en un descampado desnutrido y con úlceras: “Nadie se animaba a tocarlo por miedo a lastimarlo”
La vida de Laica durante esos años fue una carrera de resistencia. Pasaba horas atada a una reja en la estación esperando que la pareja volviera, o caminaba distancias agotadoras para su pequeño cuerpo. Pero Laica era inteligente: de día, cuando sus tutores se quedaban dormidos, ella se escapaba sigilosamente hacia el puesto de diarios y revistas. “Llegaba cansada y con mucha sed. Tomaba agua y se quedaba dormida con nosotros; se refugiaba en nuestro puesto”, recuerda Lorena.
El barrio no se quedó de brazos cruzados. Animados por Alejandro y Lorena, un grupo de vecinos se organizó para pagarle el veterinario y cuidarla en las sombras. Hubo momentos dolorosos: a los seis meses, Laica tuvo cachorros que fueron vendidos por la pareja.
“La edad del primer celo no es igual en todas las perras, ya que depende principalmente de la raza y el tamaño corporal. En general, las razas pequeñas pueden presentarlo de manera temprana, entre los 4 y 8 meses de edad, mientras que las razas grandes y gigantes pueden demorarse hasta los 18 meses o incluso más”, explica Lucía Marcerou, médica veterinaria de Laboratorios König.
Según detalla la experta, el primer celo marca el inicio de la pubertad, pero no implica que la perra haya alcanzado aún su madurez sexual ni física completa. El ciclo del celo suele durar entre dos y cuatro semanas, y los signos más frecuentes incluyen hinchazón de la vulva, sangrado vaginal, cambios de comportamiento como inquietud o nerviosismo, y una mayor atracción por parte de los machos.
Aunque cada caso es particular y requiere evaluación individual -cada animal es único y las recomendaciones no deben tomarse como una regla general., de manera general, “se aconseja realizar la castración antes del primer celo, ya que esto reduce casi en un 100 % el riesgo de tumores mamarios y previene enfermedades graves como la piometra (infección uterina). Si la perra ya tuvo el celo, se recomienda esperar aproximadamente tres meses antes de realizar la cirugía, cuando el organismo se encuentra en un estado hormonal más estable. No se aconseja castrar durante el celo, ya que los tejidos están más vascularizados y el riesgo de sangrado durante la intervención es mayor”, precisa Marcerou.
Como apunta la médica veterinaria, entre los principales beneficios de la castración se destacan, además de la prevención de tumores mamarios, la eliminación del riesgo de piometra y la reducción de camadas no deseadas, lo que representa un impacto positivo tanto en la salud individual del animal como en el control poblacional.
En otra ocasión apareció renga, con una fractura en su pata trasera. “Suponemos que la golpeaban porque siempre contestaban con evasivas cada vez que tratábamos de entablar una conversación con ellos”, cuentan. Una vez más, la comunidad puso el hombro y pagó la operación para colocarle los clavos que hoy le permiten caminar con normalidad.
Durante tres años, muchos intentaron adoptar a Laica, pero el hombre y la mujer se negaban rotundamente a entregarla. La tensión era constante; eran personas que solían ponerse agresivas. Sin embargo, el destino dio un giro inesperado cuando la pareja tuvo un bebé. Superados por la situación de criar a un niño en la calle junto a un perro, la resistencia se desmoronó.
Alejandro no dejó nada al azar. Cuando finalmente aceptaron darla en adopción, les hizo firmar un papel donde dejaban constancia de que estaban de acuerdo con entregar a Laica para que la cuidaran desde ese momento. “Fue una alegría enorme. El primer día que llegó a casa, miraba todo con desconfianza. Estaba extrañada en su nuevo hogar, pero se la notaba feliz”, rememoran.
Hoy, a los 7 años, Laica ya no sabe lo que es el hambre o la soledad de una reja. Su rutina es la de una verdadera “dueña del barrio”. Empieza el día desayunando en familia y a las 10 de la mañana sale hacia su lugar en el mundo: el puesto de diarios y revistas. Allí se queda hasta las 20 horas, recibiendo los saludos de sus “seguidores” que le traen regalos y caricias. Los días de lluvia, Laica se queda en casa mientras sus papás trabajan.


“Es muy inteligente, cariñosa, agradecida y muy sociable. Por eso la queremos tanto, igual que todos los vecinos que pasan a saludarla”, dice Lorena con orgullo. Al cerrar el puesto, Laica vuelve a casa para compartir la cena y entregarse a un sueño profundo en su camita de la cocina, sabiendo que, finalmente, el barrio no solo la salvó, sino que la eligió como su integrante más especial.
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