El lado más oscuro de Claudia Sheinbaum surge cuando busca culpables de sus propios yerros o los de su antecesor, esas ocasiones en que no quiere deslindar respEl lado más oscuro de Claudia Sheinbaum surge cuando busca culpables de sus propios yerros o los de su antecesor, esas ocasiones en que no quiere deslindar resp

Claudia se empequeñece

Ante los muertos y heridos en la tragedia del tren interoceánico, se desató una presidenta iracunda. No ante el desastre, sino ante la exhibición del gobierno del que ella es heredera y valedora. Su furia no iba dirigida contra quienes planearon y desarrollaron el proyecto sino contra los medios que presentaron los rostros de los muertos y la ineptitud de la política pública de su padre político. No quiere una pronta justicia sino un rápido olvido en que no ayuda que la gente ponga caras y nombres a ya 14 muertos y más de 100 heridos –casi la mitad de todos los pasajeros.

El lado más oscuro de Claudia Sheinbaum surge cuando busca culpables de sus propios yerros o los de su antecesor, esas ocasiones en que no quiere deslindar responsabilidades, sino evadirlas. No solo buscó desviar la atención hacia periódicos nacionales que no hicieron más que su trabajo, sino que presumió que los damnificados agradecían la ayuda de su gobierno, como si ella no tuviera la menor responsabilidad de lo sucedido.

Un (o una) líder se muestra por la forma de afrontar los problemas, de capear un inesperado temporal, solucionar una crisis. Sheinbaum Pardo cerró 2025 mostrando su pusilanimidad, esa singular cobardía que la ha caracterizado durante toda su vida pública. Por un cuarto de siglo estuvo protegida por la sombra de su padre político, impulsada a crecientes responsabilidades gracias a su subordinación. Ante cada tropiezo lo que contaba no era ponerse de pie puesto que tenía una red que le impedía caer de bruces. Ahí estaba el demagogo siempre presente, listo para premiar esa singular abyección de su entenada, hasta proyectarla a la cumbre.

Por eso la titular formal del Ejecutivo se aterra ante los hechos que escapan a su control, pierde el norte, y la compostura, cuando la cuidada coreografía se derrumba y en su lugar queda una cruda realidad que la desborda. Lo suyo no es el complicado arte de gobernar sino la administración bajo la obediencia ciega que no cuestiona órdenes. Le encantan los aplausos por más que sepa que son acarreados y comprados, detesta los abucheos porque no puede callarlos. A nadie asombra que no quiera estar presente en el Estadio Azteca-Banorte cuando se inaugure el Mundial de Fútbol en junio. Eso de los reclamos en altos decibeles, hablar ante el mundo en medio de rechiflas, lo hicieron Díaz Ordaz y De la Madrid en 1970 y 1986; Sheinbaum prefiere ocultarse.

Su apuesta siempre es la misma ante los desastres: culpar al PRIAN, a Felipe Calderón (uno de los tantos rencores heredados de su antecesor) o a los oscuros años del neoliberalismo. Si el responsable inevitable es López Obrador, como en el caso del tren, actúa como su más férrea defensora. No hay evidencia que valga, el Jefe Máximo de la Transformación sabe que sus espaldas y de su amplio círculo, incluyendo a familiares y colaboradores, están cubiertas por la inquilina de Palacio Nacional. Si con esa ferocidad asumiera sus responsabilidades y sobre todo enfrentara las adversidades, la presidenta sería digna de esa banda que obtuvo por obsequiosa.

La catástrofe del interoceánico reafirma, en escala mortal, la persona que es en realidad Claudia Sheinbaum. El paso del tiempo no hará sino profundizar esa personalidad proclive al rencor y evasiva de la responsabilidad. No está creciendo en el cargo, sino empequeñeciéndose en un búnker en el que se siente protegida y segura. Ahí seguirá, hasta creyendo que los deudos le agradecen los muertos.

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