A diferencia de otros pueblos siberianos centrados casi exclusivamente en la caza, los sajá conservaron elementos fundamentales de su herencia túrquica: la críaA diferencia de otros pueblos siberianos centrados casi exclusivamente en la caza, los sajá conservaron elementos fundamentales de su herencia túrquica: la cría

El lugar más frío del mundo

Hace apenas unos días, las noticias volvieron a poner los ojos en Yakutia, donde los termómetros descendieron de manera abrupta, recordándole al mundo que esta región del noreste de Siberia sigue siendo uno de los territorios habitados más extremos del planeta. En invierno, cuando las temperaturas caen por debajo de los –50 °C, la vida cotidiana depende de una serie de adaptaciones extraordinarias.

Una central térmica cercana abastece de calefacción gratuita a las viviendas; los manantiales termales permiten disponer de agua líquida; y tanto los vehículos —que dejan de funcionar a menos de –20 °C— como electrodomésticos y herramientas deben resguardarse en espacios con temperatura controlada. En este entorno, trabajar, desplazarse y comer son actos que requieren estrategia.

En Oimiakón, uno de los asentamientos más conocidos de Yakutia, el invierno no se mide en grados, sino en resistencia. En 1933, la región registró –67.7 °C, la temperatura más baja documentada en un asentamiento humano permanente. A esas condiciones, el cuerpo quema energía de manera constante, el suelo permanece congelado todo el año y salir de casa puede convertirse en un riesgo real. Aquí, la cocina no es un lujo ni una expresión estética, es una auténtica tecnología cultural de supervivencia.

Los habitantes originarios de la región son los yakutos, quienes se autodenominan sajá. Su historia comienza lejos del Ártico. Son un pueblo de origen túrquico, emparentado lingüística y culturalmente con las antiguas sociedades de las estepas de Asia Central y del sur de Siberia. Entre los siglos XIII y XV, distintos grupos migraron hacia el norte, empujados por conflictos, expansiones mongolas y transformaciones políticas, hasta asentarse en la cuenca del río Lena. En un entorno radicalmente distinto, los sajá abandonaron gradualmente el nomadismo cazador y desarrollaron una cultura profundamente adaptada al frío extremo.

Aunque hoy gran parte de la población se dedica a la minería —en una región rica en yacimientos de oro y antimonio, minerales clave para diversas tecnologías y para la transición hacia energías renovables—, su identidad cultural se formó mucho antes de la explotación industrial. A diferencia de otros pueblos siberianos centrados casi exclusivamente en la caza, los sajá conservaron elementos fundamentales de su herencia túrquica: la cría de caballos, el consumo de lácteos fermentados y una organización social ligada a la ganadería. Esta historia explica por qué su gastronomía es tan particular, incluso dentro de Siberia.

La cocina yakuta es una respuesta directa al clima. No hay agricultura posible, ni frutas frescas durante el invierno, ni especias. El frío funciona como refrigerador natural, la carne y el pescado se almacenan congelados al aire libre durante meses, sin sal ni ahumado. Comer es, ante todo, una cuestión de energía.

Uno de los platillos más emblemáticos es la stroganina: pescado de río crudo, congelado, cortado en láminas finísimas y consumido al instante. Su textura helada preserva proteínas, grasas y vitaminas esenciales para resistir las temperaturas extremas. La dieta privilegia la grasa animal, indispensable para sobrevivir. La carne de caballo —profundamente arraigada en la tradición túrquica— ocupa un lugar central, junto con la de reno y res, así como embutidos como el khaan, elaborado con sangre y grasa. Los caldos son densos y reconfortantes, pensados para calentar el cuerpo desde dentro.

Los lácteos también son fundamentales; la mantequilla, crema espesa y la leche de yegua fermentada (kumis), una bebida ancestral heredada de su pasado nómada que cumple funciones alimenticias, sociales y rituales. En contraste, el pan y los vegetales ocupan un lugar secundario en la dieta. Desde una mirada antropológica, la gastronomía de Oimiakón no busca variedad ni sofisticación, sino continuidad histórica.

Comer carne cruda congelada o beber leche fermentada no es una excentricidad, sino el resultado de siglos de adaptación. En el lugar más frío del mundo, saber qué comer —y cómo hacerlo— ha sido siempre una forma de saber vivir. No por nada nadie permanece más de veinte minutos a la intemperie y quienes trabajan fuera lo hacen por turnos, porque aquí, incluso el tiempo se administra para sobrevivir.

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