Cada 20 de marzo el calendario nos recuerda una aspiración tan universal como esquiva, tan inalcanzable como fugaz, por momentos intangible o material y palpable. En 2013, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) proclamó el Día Internacional de la Felicidad, haciendo un reconocimiento expreso a un objetivo humano fundamental. La fecha no es una elección arbitraria: coincide con el equinoccio, un momento de equilibrio entre la luz y la oscuridad, símbolo de armonía, proporción y simetría.
La iniciativa partió del pequeño reino de Bután, que desde los años 70 propone medir el progreso no solo en términos económicos, sino a través del índice de Felicidad Nacional Bruta, interrogándose si un país puede considerarse exitoso si su población vive estresada, deprimida, sin metas a conseguir, o aislada. Así nació el Informe Mundial de la Felicidad, con un ranking anual que evalúa no solo el ingreso, sino la esperanza de vida, la libertad para tomar decisiones, la percepción de la corrupción, la generosidad o el apoyo en temas sociales.
La palabra felicidad proviene del latín felicitas, asociada originalmente a la fertilidad, la abundancia y la buena fortuna. En la antigua Grecia, la palabra casi equivalente era “eudaimonia”, que no expresaba un estado emocional pasajero, sino una vida lograda, plena, siempre en concordancia con la virtud y la razón. Aristóteles entendió que la felicidad no consistía en el placer inmediato, sino en la realización de potenciales humanos a lo largo de toda la vida. Los estoicos lo vieron diferente: en la felicidad residía en la aceptación del destino. Para el cristianismo, la felicidad se desplazó hacia la bienaventuranza prometida para la otra vida.
La modernidad vio la felicidad más terrenal y ligada al progreso y al bienestar material, así como al logro de ciertos derechos individuales. Estamos encontrando a esta altura que la felicidad no es un objeto, sino una relación, en principio, con uno mismo, con los otros, con el tiempo, con el deseo y con los diversos mundos emocionales y aspiracionales de cada individuo. Solo ver, a lo largo de los siglos, cómo pensadores, escritores, sociólogos y artistas han intentado condensar su misterio, su esencia y su peso en palabras, expresa lo difícil y complejo que significa encerrarla en un par de frases.
El eterno Lao Tse afirmaba que en la felicidad no hay camino, que la felicidad es el camino. Más concreto, John Stuart Mill afirmaba que la felicidad consiste en hacer felices a los otros. La felicidad no queda congelada en la filosofía o en la sociología; también toca la música: tango, folclore, rock, ópera aparecen ligados íntimamente al amor, a la amistad, a un reencuentro y a las fiestas. Como ejemplo en la Argentina cabe recordar a Palito Ortega y su inolvidable estribillo: “La felicidad, ja ja ja ja”. Lleva décadas y quién alguna vez no lo entonó.
Allí donde la vida se expresa con dureza o crueldad, la felicidad aparece como un remedio urgente, frágil, pero muy reclamado. Quizás la mayor paradoja de la felicidad sea que, cuando más la perseguimos directamente, suele escaparse o desvanecerse. Pero, por el contrario, cuando nos entregamos a algo que nos trasciende, sea un proyecto, un amor, una causa o un acto creativo, aparece sin ser llamada, aunque siempre sin fecha de vencimiento.
Con este arco de matices, es obvio que la ONU no la define, sino que la señala. Nos recuerda que no se trata solo de un derecho individual, sino de una responsabilidad colectiva. No hay felicidad plena en una sociedad profundamente desigual, violenta, fragmentada o con divisiones insalvables. Ser feliz no es una utopía, pero sí puede ser una quimera; no debe ser un privilegio, sino una posibilidad real para todos. Individualmente, es una meta a la cual todos aspiramos; tenemos deseos y derechos para alcanzarla, pero también está íntimamente atrapada dentro del contexto en que vivimos. Camino laborioso e incierto para la condición humana, pero qué fascinante desafío encontrarla y retenerla.


