Donald Trump aseguró en el Estado de la Unión que la frontera con México es la más segura del mundo.Donald Trump aseguró en el Estado de la Unión que la frontera con México es la más segura del mundo.

Trump y los migrantes: el relato que desordena a México

2026/02/26 16:12
Lectura de 4 min

Mientras en Washington se habló esta semana de “frontera cerrada”, los registros administrativos muestran máximos históricos de detención migratoria.

Esa brecha entre relato y realidad explica por qué la migración volvió a ser el eje del discurso de Donald Trump: la frontera como válvula para concentrar tensiones que el sistema no está resolviendo en otros frentes.

El guión es eficaz y reconocible: migrantes “ilegales” como origen del desorden; asociación con crimen; salto al fraude electoral; elevación del tema a seguridad nacional y, finalmente, democracia en riesgo.

Esta arquitectura narrativa permite explicar múltiples ansiedades con una sola causa visible. El problema no es el tono duro; es la promesa implícita de que el control fronterizo puede recomponer un tejido social que se está rasgando por otros lados.

Los datos incomodan esa promesa: al cierre del año fiscal 2025, había más de 68 mil personas simultáneamente bajo custodia migratoria, el nivel más alto registrado; en un año se contabilizaron más de 328 mil arrestos y casi 327 mil deportaciones, y el promedio mensual de personas detenidas saltó de 48.7 mil a 67.6 mil en doce meses.

No hay cierre del fenómeno; hay administración por saturación: contener sin resolver la causa.

La narrativa de ir “por los peores criminales” tampoco resiste el contraste: más de la mitad de las personas detenidas no tiene antecedentes penales; estar indocumentado es una falta civil.

El endurecimiento amplía la red y congestiona tribunales con impugnaciones a la custodia que, en la enorme mayoría de los casos, obligan a revisar detenciones o conceder fianza.

El pegamento político del guion es el fraude electoral; vincular migración con “elecciones en riesgo” desplaza el debate de la integridad democrática hacia la frontera, pero la evidencia es terca: los intentos probados de voto de no ciudadanos son excepcionales en padrones de decenas de millones de votantes, a menudo bloqueados por controles administrativos y castigados por la ley.

El fraude “rampante” no aparece en los números; aparece como atmósfera para legitimar el cierre del campo político.

Sin embargo, para México, esta válvula no es retórica; en 2024, las remesas superaron los 64,700 millones de dólares y ya explican alrededor del 44% de las divisas del país; casi la mitad de esos envíos proviene de California y Texas, donde se concentra buena parte del empleo migrante.

El crecimiento reciente vino de más transacciones, no de envíos más grandes: cuando se estrecha la válvula —más detención, más deportación, más miedo a circular—, lo primero que cae es el número de envíos.

En Jalisco, Michoacán, Guanajuato o Zacatecas, la política migratoria de Washington se traduce en volatilidad del ingreso familiar y presión sobre economías locales.

La contención dura no elimina el mercado del cruce: lo reconfigura y lo encarece de forma estructural. En poco más de una década, el precio típico para cruzar se duplicó: pasó de rangos cercanos a tres mil dólares a montos que hoy, en corredores de mayor riesgo, se mueven en cinco cifras.

Cada ciclo de endurecimiento eleva la prima de riesgo y desplaza el negocio hacia rutas más peligrosas, donde la renta se concentra en intermediarios y grupos criminales. La política que promete orden redistribuye ingresos hacia el mercado ilegal y traslada el costo al migrante. El cruce no desaparece: se vuelve más caro y más peligroso.

La pregunta incómoda no es si hay que gestionar la frontera —por supuesto que sí—, sino qué se intenta resolver con ella. Cuando un país deposita en la frontera la tarea de recomponer su seguridad, su confianza democrática y su cohesión social, le pide a un instrumento que haga el trabajo de instituciones que están fallando en casa.

ANTES DEL FIN

El patrón es nítido: se usa a los migrantes para ordenar el relato del desorden interno; se promete “control total” en la frontera; la contención desplaza rutas; el cruce se encarece; la renta se concentra en intermediarios y grupos criminales; y el costo se externaliza a la región.

Para México, esto no es una discusión abstracta: significa remesas más volátiles, mayor captura criminal de corredores fronterizos, riesgos crecientes para sus connacionales y presión económica sobre estados altamente dependientes del ingreso migrante.

Cuando la frontera se vuelve explicación total, deja de ser herramienta de gestión y se convierte en coartada del poder: ordena el relato en Washington y desordena la realidad del otro lado.

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