El inicio de 2026 presenta para México un escenario que, sin ser exento de retos, resulta más constructivo de lo que a veces se reconoce en el debate público. No se trata de un país en plena expansión ni de una economía en repliegue, sino de un mercado que empieza el año enviando señales claras y observables de que la atracción de inversión y el fortalecimiento de la infraestructura se han colocado en el centro de la agenda económica.
El Plan de Inversión en Infraestructura, presentado hace unos días por la presidenta Sheinbaum, parte de un objetivo explícito: impulsar un crecimiento sostenido de entre 2.5% y 3% anual para el resto del sexenio. El diagnóstico es acertado. México arrastra un periodo prolongado de crecimiento moderado y enfrenta una brecha evidente en infraestructura. Corregir esa inercia exige inversión a gran escala y, sobre todo, una combinación eficiente entre recursos públicos y capital privado.
Desde una perspectiva estrictamente jurídica y financiera, la ecuación es conocida. Para atraer inversión no basta con anunciar proyectos: se requiere seguridad física y jurídica, reglas claras y activos que permitan que los proyectos operen. Energía suficiente, redes de transporte funcionales, aeropuertos competitivos, agua y conectividad. Son condiciones básicas, pero determinantes.
En los últimos días, distintos mensajes provenientes de actores políticos con trayectorias e ideologías distintas han coincidido en una misma tesis: sin capital privado no hay manera de revitalizar la infraestructura ni de detonar crecimiento. Durante el anuncio del Plan Nacional de Infraestructura, la presidenta Claudia Sheinbaum fue explícita al reconocer que la magnitud de los proyectos requeridos exige esquemas que combinen inversión pública con capital privado. De forma casi paralela, el gobernador de Nuevo León, Samuel García, sostuvo una conversación con inversionistas internacionales en las oficinas de uno de los despachos de abogados más relevantes de Estados Unidos, un foro que no es menor: se trata de espacios donde participan fondos, bancos y asesores que estructuran y financian proyectos a gran escala y que, en muchos casos, determinan si una iniciativa es viable o no.
Que en ambos casos el mensaje haya sido consistente, y transmitido en entornos donde el mercado tiene puesta la atención, refleja una lectura pragmática de la coyuntura económica y una comprensión más afinada de cómo operan hoy los mercados de capital. Y es que, desde el punto de vista del inversionista institucional, la asignación de recursos responde menos al discurso y más a la estructura: proyectos bancables, esquemas de riesgo definidos y un Estado que garantice condiciones mínimas de certidumbre.
Los principales focos de atención siguen siendo conocidos: electricidad, agua y seguridad. Incluso en entidades con altos niveles de desarrollo, como Nuevo León, persiste la percepción de que estos factores deben reforzarse para sostener el ritmo de inversión. La diferencia hoy es que estos temas parecen estar incorporados de manera explícita en el diseño de los proyectos y en la conversación con el mercado.
En materia de seguridad pública, el Gobierno ha enviado señales que apuntan a una mayor coordinación institucional y con Estados Unidos. En el ámbito de la seguridad jurídica, el reto es más delicado. La reforma judicial modificó la percepción de algunos inversionistas y mercados, y hacia delante será fundamental que las resoluciones se apeguen con rigor al derecho. Un sistema de justicia técnico, imparcial y predecible es indispensable para cualquier estrategia de crecimiento de largo plazo.
No obstante, insisto que donde las señales han sido particularmente claras es en los mercados de capital. Las recientes emisiones del soberano mexicano, el regreso de la CFE a los mercados internacionales y la reciente colocación en pesos anunciada por Pemex, no pueden analizarse de manera aislada. En conjunto, reflejan una estrategia coherente de financiamiento alineada con una agenda de infraestructura y con un uso activo y sofisticado de los mercados.
¿Está México bien o mal posicionado al inicio de 2026? La respuesta no es simple, pero sí matizada. Hay retos evidentes, pero también hay señales claras de que el país sigue siendo relevante en un entorno global marcado por la regionalización de las cadenas productivas. El nearshoring continúa siendo un motor y los mercados parecen entenderlo.
Al final, más que promesas, México necesita consistencia, ejecución y continuidad. Las señales están sobre la mesa. El capital, como siempre, sabrá distinguirlas.

